viernes, marzo 17, 2006

cuando muera

Cuando muera, a dos edificios de distancia del bco nacion, frente al botanico, que se recorte el sol apenas por encima de un grupo de nubes grises, plateadas, que él se ponga de pie, que trastabille y vaya hasta la ventana, que presienta que un incendio se acaba de declarar en la cocina o en el lavadero en el que dormía por segunda vez.

Cuando muera, se autopublicará en mi blog un poema que compuso el amigo más extraordinario que tuve, de quien sólo diré algunas cosas más adelante.
Un poema que logra resumir en dos líneas todo, o lo único que en definitiva importa saber cuando uno ya vivió lo suficiente o sabe que lo que le resta está de más en cierta forma.

Cuando esto termine, empezarán muchas más cosas, pero afortunadamente no estaré para decir si son las esperadas por quienes hoy existen.
Muchas más cosas, cuando muera, cuando lean el poema y sepan de qué hablo, cuando esto por fin termine y quede lo que tenga que quedar.

Cuando muera, quiero que por la Avenida Santa Fe, entre Aguero y Laprida, caminen de la mano Madonna y Lauryn Hill, y que mientras una recite mis últimas palabras, la otra llore y piense que ni los antidepresivos bastarán en esta oportunidad.

sábado, febrero 11, 2006

sul cominciare e sul finire

El Juguete Rabioso (1926)

Comienzo

Capítulo I: Los ladrones

<>Cuando tenía catorce años me inició en los deleites y afanes de la literatura bandoleresca un viejo zapatero andaluz que tenía su comercio de remendón junto a una ferretería de fachada verde y blanca, en el zaguán de una casa antigua en la calle Rivadavia entre Sud América y Bolivia.

Final

Capitulo IV : Judas Iscariote

Arsenio Vitri se levantó, y riendo dijo:

—Todo eso está muy bien, pero hay que trabajar. ¿En qué puedo serle útil?

Reflexioné un instante, luego:

—Vea; yo quisiera irme al sur... al Neuquén... allá donde hay hielos y nubes... y grandes montañas... quisiera ver la montaña...

—Perfectamente; yo le ayudaré y le conseguiré un puesto en Comodoro; pero ahora váyase porque tengo que trabajar. Le escribiré pronto... ¡Ah!, y no pierda su alegría; su alegría es muy linda...

Y su mano estrechó fuertemente la mía. Tropecé con una silla... y salí.


sábado, febrero 04, 2006

No soy n pero soy n * n + 1

No soy tenista, no practico el tenis en forma profesional, pero con qué entusiasmo, los días que juego, veo que amanece y me calzo las zapatillas y termino rápido mi capuccino para empezar a elongar y concentrarme en los golpes, la táctica, y la regulación de la energía física.

No, no soy tenista, ni estoy entre los primeros 50.000 mejores jugadores, ningún sponsor me viene a buscar para que luzca la ropa diseñada especialmente para mí, los tubos de pelotas los compro en la estación de servicio, y cambio sin chistar las cuerdas de mi raqueta cada vez que se cortan.

No soy un militante revolucionario, pero se me pone la piel de gallina

jueves, febrero 02, 2006

Un sabio de nuestro tiempo

Finalmente me dijo salí, viví, y nos dimos un tímido abrazo que se hizo efusivo al separarnos.

Lo había conocido por casualidad, comiendo en la mesa de al lado de un restaurant naturista. Se sentó sobre
un mismo banco de madera, a mi izquierda, acompañado por una mujer bellísima, madura, de unos 55 años,
que disfrutaba de la comida más que él pero que no lograba seguirlo en sus comentarios irónicos acerca de la salud física que poco a poco iba perdiendo.

Lo obsesionaba la vejez, y por eso mismo era un sabio, que me aconsejaba regocijándose de tener que revivir dilemas o situaciones complejas donde siempre se entrecruzan lo emocional, lo racional y lo azarozo y donde la falta de lucidez impide ponderar con justeza o por insuficiente cálculo o por insuficiente intuición.

En general, solíamos empezar por sentarnos, tomar un té, y relajarnos hablando de política. Podía ser en la zona de Congreso o bien al norte, sobre el río. Me acuerdo la mañana en que me contó su participación en el incendio de Xerox durante el Cordobazo.

Lo primero que me dijo cuando me vio fue qué es eso y me señaló el postre que me acababan de servir : un crumble de durazno con helado de crema y jengibre. Tuve que tomar aire para responderle y prestó mucha atención a cada palabra que le decía, esperando que terminara de hablar y dijo qué es, helado ? sí le dije y ahí me dijo luce maravilloso sí le dije y agregué mintiendo levemente ya lo probé...y gesticulé un gesto de fruición afectada.

Cuando salió ese mediodía luego de terminar su postre, idéntico al mío, al verano porteño, el sol lo encegueció, me acerqué y le pedí que por favor me permitiera entrevistarlo. No sé le dije quién es no importa. Sé que vale la pena y tengo el cierre y quiero que sea tapa. No crea que soy sólo un periodista inexperto. Salí a cazar a un sabio porque es una especie en extinción y hay que convertirla en arte, para que perdure, porque sólo el arte perdura.

Aceptó enseguida pero al otro día por mail me puso una extensísima serie de condiciones que no hicieron más que confirmarme que había elegido bien.,

viernes, enero 13, 2006

ya soy un escritor

Qué edad tiene un escritor ?

Rimbaud a los 17, Bertrand Russell después de los 50, y en el medio la tradición occidental con su espectro disperso de edades de iniciación.

Henry Miller a los 30, Cortazar , y a la vuelta de casa, en un ph, descubris que un anciano alemán de apellido Hertz murió dejando un cuaderno que era el No 953 de una serie que tenía acumulada en una gran biblioteca en el cual iba mejorando la versión de un libro que simulaba ser una versión en español de los Cantos Apocrifos de Pound. La genialidad de Hertz es que desde que entró a la universidad hasta el día en que murió supo, quiso o le convino que su premisa fuera inamovible. Tenía la tranquilidad de sentarse frente a una hoja que nunca estaba en blanco, aunque no hubiese ninguna línea escrita.

En qué momento la pregunta (y, ya soy un escritor ?) que se viene repitiendo desde la adolescencia, cuando descubriste que tenías que ser alguien, sobreimprimiendo tus hazañas en negrita para no correr el riesgo de pasar desapercibido.

Es fácil , a los 30, tomarse en serio porque uno estuvo soñando las mil y una noches de la poética y después de probar ser vanguardia experimental o fórmulas clásicas o autobiografía ficcional, llegó a la conclusión de que un tono registrado con precisión es suficiente para hacer crecer una historia, y si sos capaz de reproducir ese tono y a la vez diseñar la arquitectura del relato, con perseverancia, y profesionalismo, quíén te dice que no publicás una novela seria en una editorial de prestigio?

gold fifties, Cortazar en Paris,

y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado pare escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico


y el exilio sopla a favor para desarrollar una mirada suficientemente extrañada para construir los perceptos adolescentes que luego, toda una generación, adoptaría pensando: esto es lo que yo quiero decir, sacarme de encima una generación "que da citas precisas, necesita papel rayado para escribirse, o aprieta el tubo del dentifrico desde abajo".

Cortazar en París, y mientras parece que el río de la Plata y el Sena mezclan sus aguas, en realidad se mete un huracan beatnik de la forma mucho más importante que el romanticismo de los contenidos. Una velocidad de la oración, que permite encadenar fotos, chispazos, manchones sobre la tela, y escaparse de la linealidad. Después lo llamaremos Jazz, pero no importa: es un fraseo, un único tono, que perseguido por su parte más ancha, hace avanzar una orquesta de instrumentos menores que, juntos arman la famosa sinfonía cortazariana.

Y en los 50 Henry Miller:
–Pues bien –continuó–, lo sepas o no, ya no queda en el mundo nada a lo que se pueda llamar alma. Eso explica en parte por qué se te hace tan difícil iniciarte como escritor. ¿Cómo puede escribir uno acerca de personas que no tienen alma?

Hay mucho de Miller en esta cita porque la Trilogía es la Historia de alguien que Tiene que ser escritor antes que ninguna otra cosa en el mundo. Es la novela de aprendizaje de un héroe que, si logra ser un escritor, con todo lo que eso supone para Miller, entonces luego existe.

viernes, diciembre 23, 2005

1972

El No de años mágico fue siempre para mí 4. Tal vez se deba a la geometría, pero me enamoré de esa edad porque me parecía perfecta, nada que ver con cinco o siete, que siendo impares, y viniendo después que 4, me parecían llenos de ripio. Nada que ver tampoco con 6, que siendo par, siempre terminaba pareciéndome un 4+2 innecesario.

4 años, por otro lado, es un tiempo donde ya no se es bebé, tampoco se tienen muchas luces, pero al menos empezás a sintonizar las facultades, se puede hilvanar una conversación muy básica, y hay mucho, muchísimo mundo interior, porque sobran las percepciones no codificadas.

Caminar por las veredas de Barrio Norte, de la mano de la niñera, no sé si basta para estar en el paraíso de las experiencias infantiles, pero estaba bueno, excepto un día que se me quedó pegado un chicle en el pullover. Eso sí que era un problema para mí, algo que me ponía al borde del colapso. Ni siquiera la distancia de los años me dan un cable a tierra o perspectiva para relativizar el dramatismo de tenr un chicle pegado en el pullover. Si me preguntan si tuve algún kilombo grosso en esa época, ese fue sin duda uno.

No nos podemos olvidar de Perón tan fácilmente como se olvida un familiar por el que nunca sentimos nada. El año que murió, y yo lo veía sentado ante la philips de 30 pulgadas en blanco y negro que teníamos en el living, fue el año en que lo descubrí, muy tarde para un peronista histórico, suficiente para la generación políticamente "cepillada" que nació a fines de los 60,

Y qué me impresionaba más de él ? Sus discursos, sin duda alguna. No lo que decía, sino cómo lo decía. Los ojos entrecerrados, la camisa, el pelo engominado, pero más que nada su voz y la gestación emocional de gritos y cantos de la multitud.

Pero en una época tibiamente massmediática, Perón fue un eje alrededor del cual se dividía el país, en miles de pedazos.

Ejemplos:

peronista del 45, que recuerda que su padre se compró una heladera Siam y que en la fábrica le regalaban una canasta de fin de año con la que comían un mes entero.

peronista del 60, indignado por la proscripción, contagiado por la explosión de movimientos revolucionarios, y metido en una multiplicidad delirante de heterogeneidades con el rasgo en común de definirse como peronistas,

peronista del 70, activo como revolucionario, perseguido por la dictadura militar.

jueves, diciembre 22, 2005

Me voy a dar clase

Leí mi primer libro completo a los 12 años, y recuerdo que fue como correr una maratón leerlo, en verdad me parecía una hazaña transferir ese bloque de contenido en letra impresa sobre papel a mi cerebro vía mi cuerpo.

Con el tiempo, lo que empezó siendo una curiosidad muy fuerte, ir a ver al living los libros de la biblioteca de mis padres, siendo muy pendejo, 6 0 7 años -año 74, 75-. agarrar los tomitos de la Biblioteca Jackson, los discursos de Avellaneda por ejemplo, y leerlos, no importa el significado, hacer que era Perón y entonar como si hablara al pueblo en el balcón de la Pza de Mayo, eso, que empezó siendo una conexión cada vez más frecuente, se metamofoseó con los años y se transformó en enciclopedismo.

El tema es que la diversidad de libros que cubre el planeta es una especie de cerebro terraqueo donde las neuronas son personas que leen y el salto hipertextual de un libro a otro es una sinapsis literaria muchas veces aparentemente irracional o mágica pero casi siempre emocional, persuasiva, curiosa.

Ejemplo: a fines de los 80, leía sin parar a Henry Miller: Sexus, Nexus, los Trópicos, qué bálsamo para mi adolescencia un yo que se caga en todo y se afirma en forma Nietszcheana, pero pícara, ya que a diferencia de los vagabundos de Knut Hamsun, él era un "gran vividor" en los 50 en Brooklin, New York, liberado de todo. Y gracias a Henry Miller, Dostoievsky. Entrar por ahí no fue lo mismo que si hubiera entrado por los existencialistas franceses. Leerlo vía Miller permitía que uno también riera en esa estepa melancólica que eran las calles de Petersburgo donde se movían con angustia los largos apellidos de Crimen, Demonios, o Karamazoves.

A Sartre, en cambio, no llegué por la lectura sino por tradición oral, lo in-corporé escuchando a mi madre narrar su juventud, en la que un héroe intelectual con anteojos, medio deforme, se comprometía con el arte y la política "al mismo tiempo", y testimoniaba la intensidad de una movida mundial que llenaría de energía dos décadas doradas: los 60 y los 70.

La épica de la lectura en una vida pasa por los encuentros: con Robert Walser, con Proust, con Onetti, con Saer, con Boris Vian, con Pavese, con Capote, con Rodolfo Walsh, con Mailer. En cada uno, muchas horas, charlas, cigarrillos, viajes en subte, en avión, mañanas de invierno en la cocina, baños de inmersión.

Tal vez dejé abierto un día un libro en una cama y nunca más volví, pero qué importa ? Tal vez fue mucho mejor la chica que me hacía sexo oral para que yo dejara de leer, que el libro que estaba leyendo, pero qué carajo importa eso al lado de lo que quiero decir ?

domingo, agosto 14, 2005

CMS

El momento que cambió sus vidas fue justamente cuando la multiplicidad en la que estaba chapoteando el "yo" entró en un breve pero intenso lapso de suspenso o congelamiento de sus aguas. Un momento es un instante pero la duración no tiene nada que ver con la intensidad que sentimos: imagínenselo como un éxtasis que por su culminante impresión genera una cascada de "deja vus" tan misteriosos como son los resultados de coincidencias admirables.

Cambió sus vidas el momento porque donde ni siquiera hubo un abismo ahora había un puente que generó el abismo, y con sólo empezar a transitar ese puente se hacía evidente que pasaríamos muchos años o décadas enfrascados en su ingeniería, su término, el tráfico concurrente, los cambios del paisaje a ambos lados, y la campana láctea o celestial que desde y para siempre lo cubrirá.

Hubo un abismo ?

O es que suceder, acontecer, es un deporte extremo y no faltan accidentados que nos alertan sobre los riesgos de vivir muy intensamente ?

Ellos ya lo han padecido, quemados por una plancha experimentadora que sólo nos demuestra un límite, y nos convencen con todas sus fuerzas de que no vale la pena desafiar como Quijote a sus molinos.

Ellos, me refiero a la generación de nuestros antecesores, ocuparon el espacio-tiempo de su época organizándose en grupos, sectas, tribus, bandas, familias de amigos de amantes de parientes o compañeros de ruta de ideas discusiones debates una fiebre puesta en las organizaciones nunca vista pero por otro lado la contemplación individual y repentinamente la sociabilidad y la amistad en dosis muy fuertes durante la noche y fiestas de música drogas orgías o aventuras desenfreno velocidad hijos de hijas de amigas entrando por puertas y ventanas a la casa aldea o choza con la hoguera que quema todas las maderas posibles.

Ellos han interiorizado en sus cuerpos y mentes una doctrina que los acompaña como una música de fondo u horizonte de posibilidad, un Gran Relato destinado a perdurar como esas relaciones que empiezan como un "shock" y no dejan de hacerse notar más o como la noche eterna de los amantes muy jóvenes: m-a-r-x-i-s-m-o.

Un faro que va descubriendo las olas que serán aplastadas por el casco del velero: un relato de relatos donde la vida de cada uno se contrasta con un marco de referencia donde las acciones tienen un factor común



Ellos han creído ver la luz y nos han explicado que a lo largo de los siglos otros, como ellos, también han creído ver la luz, y que es inevitable que si has creído verla, no quieras seguir de alguna manera apegado a semejanzas, analogías, certezas, escasas pero protegidas con uñas y dientes como las tapas de las ollas a presión o la mano sobre el sombrero cuando el viento sopla terriblemente fuerte una noche.

Los hemos visto desilusionarse en masa, retirarse de la vida pública, o permanecer en ella, aggiornados, cínicos, escépticos, pragmáticos, irónicos, y mordaces. Entre todas esas maneras posible hemos visto crecer a muchos artistas, pensadores, profesores, y deportistas.

Pero nosotros no somos los herederos de nuestros antecesores, no estamos fuera de su sintonía, y nuestra generación puede mantener la antorcha encendida y sobre todo puede metamorfosearla en un "momento" que cambiará nuestras vidas por ser multipropósito y admitir que las contingencias son la forma en que se expresa la naturaleza cuando la humanidad experimenta al crear el devenir de sus civilizaciones.

Qué puede haber mejor que despertarse un día sin Hegel encima de tu cama y ver cómo desaparecen los postes de electricidad que aseguran el abastecimiento de la energía continua ? No era suficiente con que a Dios le sucediera la contingencia de metamorfosearse en Historia ni de que a la Historia le sucediera la contingencia de encontrarse con el Proletariado. La cuestión no estaba en dónde anclar la contingencia sino en saber que los diferentes anclajes seguirán siendo fortuitos episodios dentro de un marco de estabilidad aparente promovido por nuestra resistencia al caos, la cual es formidable pero imprevisible en sus límites y capacidad para resolver lo inesperado.

miércoles, junio 08, 2005

Matutinalia

Después de acumular cientos o miles de mañanas, todavía podemos resistir y extrañarnos:
sorpresa por las vibraciones del corazón frente a un llamado telefónico, pero ya en el timbre se pueden presentir las intranquilidades que suscitará la conversación, el balanceo del tira y afloje verbal, los silencios repentinos.

Siempre a la mañana, pero preferentemente en el otoño, fundamentalmente en el invierno, y excepcionalmente en la primavera, la energía vitalis se canalizaba en la creación de preguntas existenciales, y un tipo de experiencia intensa que luego nos parecerá derroche, hablo de los 20, gold twenties, donde empezar y terminar una novela de 1200 páginas interrumpiéndola con agua mineral y un grabador al lado que testimonie para siempre la respiración de del escritor son cosas perfectamente naturales, que no tienen por qué escandalizar a nadie....

Cuando irrumpen en escena los agotadores 30 -descubrimos que las reservas de combustible no son illimitadas, algunos dilemas dramáticos se disuelven en la simplicidad, un día comenzó a existir una familia, un día empezó a dejar de existir otra, y otro día la que empezó a existir empezó a agrandarse, ahora ya se trata de energía-experiencia, donde la experiencia es elegida en función de su energía y la energía vitalis pasa a ser un fin en sí misma. El amanecer ahora y sus secuencias se nos presenta como vitalidad, organismo en proceso, y la vida llega a ser una obra de arte, el mañana también espera, y no hay nadie que te avise que acaba de llegar el punto de inflexión que a todos "hace madurar".

Los 30 ponen en verdad a rodar una serie de eslabones concéntricos que hacen que el capitalismo sea lo que es: la familia como verdadera compañía, el mundo y la adicción al mundo del trabajo y de la producción, la espirtualidad corrupta del dinero, las bellezas, esplendores y miserias de pertenecer a múltiples organizaciones: sociales, personales, globales.

Los 30 anticipan un techo de la potencia física, cuando encarás una sesión de entrenamiento intensivo en el bosque un mediodía de invierno y el aire te quema los pulmones o los músculos no generan combustión, cuando al beber el tercer whisky un hígado más irritable pide que no lo maltraten excesivamente, o al levantar unas cajas en el cuarto de los desperdicios la vértebra se estrangula junto a un músculo contracturado y se abandonan los pártidos de tenis y la cantidad de calorías que se dejan de quemar se asocian con el placer del cuerpo recién bañado y perfumado que se sienta a la mesa a paladear la pasta y el buen vino.

sábado, noviembre 06, 2004

Las vidas de Roger Duncan

Las vidas de Roger Duncan.


Primera Vida

Envejecer, decía mi padre, es un arte que merece una entrega incondicional.

Lo escuché pronunciar esa frase por primera vez durante una tarde inolvidable, fría y soleada, en su Estudio de Ciudadela, parado frente a la puerta de calle, con el impermeable arrugado sobre su antebrazo y el traje oscuro, desgastado por el tiempo y denotando que la persona que lo llevaba puesto prorizaba la intensidad de su mundo interior por sobre el logro de una apariencia nítida y prolija.

Durante una década crucial, la que va desde los 30 a los 40, cada mañana, al levantarme, solía pasar varios minutos sin hacer nada, excepto acostumbrarme al nuevo estado de vigilia. Había llegado hasta ese momento gris y decisivo donde se nos impone preguntarnos si estamos actuando guiados por principios ajenos incuestionables o si al actuar incoporamos esos principios a nuestra forma de ver, sentir y pensar. Fue allí, una de las mañanas más metafísicas que tuve en mi vida, el año de la muerte de mi hermano menor, durante una primavera en Buenos Aires, en pleno extrañamiento durante una caminata por los lagos de Palermo, donde descubrí que mi padre no tiene razón, que se equivoca en creer que saltando al vacío se obtienen siempre recompensas fantásticas. Eso por el lado de la entrega y la incondicionalidad.

Pero si de lo que se trata es de arte, vivida como arte, la vida, no colabora acaso con crear la duración o eternidad de “perceptos” para la satisfacción de tantas almas bellas como entornos inmediatos haya –qué importa si son los vecinos del edificio o los alumnos del Doctorado?- y terminar como farsa pueril –el arte por el arte- lo que comenzó como propósito de transformar en el mundo al mundo ? Esa fue la segunda oposición: vivir es algo más que arte y ya desde muy niño me indignaba el esteta que había en mi padre. Mi mejor amigo de la secundaria, Ezequiel, me consolaba diciendo: prefiero un esteta a un imbécil como el mío. Yo pensaba que al menos un imbécil no cae en la trampa ilustrada de estetizar la existencia a costa de domesticar su savia salvaje y perder una de las pocas oportunidades de transformarla en un shock terrorífico que haga sentir a los estetas vergüenza por haber subestimado este juego de adultos donde algunos se creen niños ad etrernum.

Siempre que trabajé viví en departamentos, al principio alquilando, hasta que un día dejé de trabajar y dejé los departamentos: cobré una herencia de un tío banquero al que le caía bien por ser “oveja negra” y pasé a ser propietario de una casa con jardín. Mi renta pasaron a ser las colaboraciones en diarios, y revistas, bajo tal cantidad de seudónimos que yo mismo terminaba mareado e imposibilitado de mantener la coherencia de cada uno.

Fueron años enteros en los que iba a mi cuarto sólo para dormir, y la mayor parte del tiempo la pasaba en mi laboratorio. Cuando alguien me iba a visitar, trataba de no tocar el tema, y hablaba sobre cine, política, o fiestas marginales, pero si me preguntaban: cuál es tu proyecto personal, lo que verdaderamente habla de vos en el mundo, yo decía: “ahora estoy tratando de desarrollar un vector que puedo describir como “la fuerza de rozamiento”, algo así como el cepillo que nos pasa el tiempo, pero también el aceite en el que nos freímos, o el aire que respiramos. Otro vector, el cuerpo, se acopla a una máquina que lo compone con la fuerza de rozamiento y envejece junto con esa fuerza.”

Un sofista diría que si aceptamos que somos un cuerpo y que ese cuerpo vive y envejece en un ambiente dado, entonces tiene que haber una relación entre ese cuerpo y el ambiente que pueda ser modificada por alguno de los dos elementos que la componen.

Mi padre no tenía reparos en ser irracional cuando entraba en ira, y nunca creyó en las afinidades electivas entre el cuerpo y la fuerza de rozamiento. Para él, no había reciprocidad entre el hombre y la naturaleza ni tampoco había doble dirección entre el cuerpo y el ambiente. La fuerza de rozamiento fue siempre un tótem para él, y el cuerpo tenía que adorarla, no establecer a la Spinoza una relación de afecto que haga buena a esa máquina llamada vida.

Si bien fui siempre spinozista, y me pelée con mi padre infinidad de veces por no poder compartir este amor por las relaciones, y no por los términos de la relación, en esto, si bien no puedo admitirlo en público, y me cuesta mucho hacerlo aún en soledad frente al espejo, creo que mi padre tiene razón en decir que el cuerpo tiene que adorar a la madre naturaleza.

En realidad, la pregunta que me hacía y la contradicción a la que me enfrentaba es:

Por qué una entrega incondicional para envejecer, por qué nos rendimos ante la inmensidad del universo y consideramos ínfima nuestra incidencia en el devenir, por qué nos inclinamos casi devotamente ante cada salida y cada puesta de un astro como el sol, por qué decimos cuando algo nos permite concebir una idea que “nos ilumina”, y por qué, finalmente, Empedocles terminó lo que era una fiesta más adentro de un volcán sin dejar, como muchos suicidas, un mensaje escrito por el que quieren ser recordados ?
por qué una Etica para envejecer en la cual nos rendimos frente a la Naturaleza y otra Etica para vivir haciendo un culto de los encuentros y afectos entre un cuerpo y otro o entre el cuerpo propio y el universo infinito ?

Porque hay que vivir, respondió mi padre, tanto en el eje diacrónico del envejecimiento como en el sincrónico de la experimentación.

Y entonces, cuando terminó de pronunciar esa frase, murió y se empezó a enfriar, y le tapamos la cabeza con el cubrecamas para no estar buscando inútilmente un signo de vida, una emisión de aire o energía, y le dijimos, mi hermano mayor y yo, a mi madre anciana, que en la lápida había que escribir la frase con la que comienza este relato:

Envejecer es un arte que merece una entrega incondicional.










Segunda Vida


Mi nombre es Roger Duncan, pero mi verdadero nombre es otro. Nadie tiene un pasado puro y transparente en esta parte austral de Sudamérica. Sin ir más lejos, mis antepasados han sido griegos, rusos, portugueses, canadienses, italianos, y no tengo pruebas pero sí el pálpito de que algún vietnamita se pudo haber filtrado.

Alguno habrá que tenga un árbol genealógico coherente, con descendencias reconocibles y sensatas. Pero si se trata del mío, tenemos que suspender por un buen rato las reglas del sentido común, porque acá lo que hay es un gran malentendido caótico. No tengo lo que se dice antepasados sino guerras, catástrofes, homicidios, y alguna que otra sensatez excepcional como un tío que fue Pionero de la Patagonia, y una bisabuela que tocaba el violín con la sobrina de Brahms.

Así es que, confundido por mis orígenes, más que reconstruir el árbol genealógico, lo que siempre quise, lo que sigo queriendo, es explorar los árboles futuros posibles, las progenies posibles, los mundos por desarrollar.

Empecemos por la adolescencia. Cuando llegaba el verano, y yo tenía 17 o 18 años, llegaba también el insomnio, el día se transformaba en pernoctar y la noche en vigilia. Cuando uno está despierto noche tras noche, uno aprende a sentir de manera casi táctil el tiempo de las horas que pasan entre los que no tienen más que tiempo. Me iba caminando hasta el parque y me encontraba con una pareja de lesbianas japonesas que se sentaban a tomar champagne sobre el césped húmedo. Una frutilla en la boca, o un cigarrillo prendido con otro, son cosas que sirven muy bien para medir el nivel de erotismo que se está dispuesto a ofrecer.
Me acuerdo como si fuera ayer del momento en que la mayor de las dos, Ayako, me susurró un poema de Verlaine en el oído. Pronunciaba un francés que nunca volví a poder reproducir pero que me resultó una especie de melodía celestial. Es cierto que antes de salir para el parque me había servido un Jameson sin hielo y que tenía ese colchon sensorial que nos brinda confianza y nos hace locuaces cuando más lo espera el interlocutor.